Un bazar donde el diseño es clave

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Una tostadora con ovejas, un teléfono con forma de hamburguesa, una alfombra que advierte “cuidado con los niños”, guantes de látex con corazones rosas, un almohadón con el signo de la paz? Sobre los estantes, colgando o en el suelo, los productos de Reina Batata parecen una infinita mezcla de estilos. Naíf, vintage , hippie chic y otros se distinguen en las diferentes piezas de este bazar boutique creado por Federico Baigun y María Eugenia González.

En su emprendimiento, la pareja potenció lo mejor de cada uno, y el complemento de una buena gestión comercial con el buen gusto hizo que estos dos licenciados en administración constituyeran una exitosa empresa familiar.

El mes pasado, Reina Batata inauguró un local en San Isidro, el segundo de su propiedad y el noveno de una cadena expandida por el país con un modelo de franquicias. Pilar, La Plata, Santa Fe, Mendoza (2), Córdoba y Tucumán son los otros puntos de venta que este año se expandieron como ningún otro.

El primero fue el de Palermo, ubicado sobre la calle Gurruchaga. Allí, en la misma cuadra que en la actualidad, abrieron las puertas en 2003 con algo de mercadería desparramada en unos pocos metros cuadrados. Los impulsó la afluencia de público en un showroom sin vidriera, donde exhibían productos destinados al mercado mayorista. La decoración en la mesa se impuso también en el hogar.
Sin empleo

La idea se fue gestando desde antes. La crisis de 2001 había dejado sin empleo a Federico, quien por esos días trabajaba en una firma internacional y, en lo personal, ya estaba de novio con María Eugenia, la cuñada de su hermano.

El “sueño” de ser dueños de su propia fuente de ingresos fue una consecuencia indirecta de ese parate laboral. Indirecta, porque no pasó demasiado para que Federico estuviera nuevamente en actividad.

Sin embargo, el nuevo trabajo no llenaba sus expectativas; la experiencia de perder su puesto anterior le había dejado una enseñanza, algo de dinero en el bolsillo y más ganas de lanzarse.

“Quería saber si podía vivir de esto y no quería quedarme con la duda. Es ese momento en que las teorías y los estudios, si bien quedan de base, pasan a otro plano y uno sigue una corazonada”, reflexiona el emprendedor. “Para probar, tenía que hacerlo más profesional y no un hobby part- time como hasta entonces.”

Dejó la silla en su oficina y se dedicó a preparar el terreno para que su flamante esposa pudiera integrarse, algo que ocurrió en poco tiempo.

Hoy, las tiendas se abastecen con productos importados desde China y algunos otros países del mundo, a los que se suma la producción propia “de autor”.

Federico viaja dos o tres veces al año a Asia en busca de novedades que le permitan renovar la oferta con artículos “simples, novedosos y útiles”, enumera.

Materiales como porcelana, plástico o hierro hacen que la diversidad de precios sea tal que le permita llegar a un público amplio.

El nombre del bazar existió antes de que fuera una realidad. “En tren de concretar nuestro sueño, el nombre y el logo de línea futura fue lo primero que empezamos a fantasear. Así nació la Reina Batata: la caricatura de una «chica reina» siempre alegre y algo desfachatada”, describe Federico, y define la filosofía que encierra el dibujo representativo del “entusiasmo, la inquietud constante y el vértigo” de los chicos, que la adultez no debe alejar.

La historia familiar se mezcla en el relato. Federico atribuye el éxito actual a su compañera y socia también en el hogar, hoy agrandado por tres hijas: Juana, Ana y Ema.

Ella, cuenta, fue quien lo envalentonó para seguir cuando las cosas se hicieron difíciles y hasta llegó a asistir a entrevistas en busca de un cambio.

En este caso, las dificultades no fueron económicas, sino relacionadas con el sacrificio que requirieron las responsabilidades. El peso creció al ritmo del emprendimiento, devenido simultáneamente una cadena de bazares, un fabricante de productos de decoración y artículos para el hogar y una importadora.

Nuevo socio
Todo dio lugar a la incorporación de un socio: Rubén Brouchy, contador de trayectoria y también parte de la familia (es el cuñado de Federico). La empresa se volvió más familiar. “Mantenemos las tareas bien diferenciadas para que funcione. No queremos ser como esas firmas donde todos terminan peleados”, dice el dueño de Reina Batata, preocupado por mantener el espíritu del emprendimiento.

Un poco por cautela, otro poco para no perder el disfrute, la pareja decidió tener un crecimiento controlado. La marca funciona: “Cada local superó el año pasado el millón de pesos de facturación”. Y explica: “Tenemos consultas constantes de interesados en abrir franquicias. Pero nuestra idea es abrir pocas, muy gradualmente. Queremos que a todos les vaya bien, y que quienes lo hagan tengan el compromiso y la misma pasión que nosotros, y no sólo el dinero”.

Ese principio de moderación no será una traba para que Reina Batata inaugure pronto su primer local en el exterior, en tierra uruguaya. Y quizás, en un futuro, si las conversaciones actuales llegan a buen puerto, haga pie en Brasil y en Paraguay.

Fuente: La Nación

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