Una cooperativa reemplazó al Colón para coser el vestuario de la Opera

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Para poner en escena la obra “Aída” en octubre próximo, la Opera de Rosario tenía que alquilar todo el vestuario al teatro Colón. Esta vez, por 150 mil pesos. Otras opciones bajaban el valor, pero también la calidad. Y aun así, rentar los trajes nunca saldría menos de 35 mil pesos, más gastos de seguro y envío. Fue ahí que surgió otra idea, bastante más atractiva: que la Cooperativa de Trabajo Textil y de Calzado de Granadero Baigorria les hiciera todo el vestuario. Por eso, contrarreloj, porque la obra se avecina y nadie quiere quedar “dale que va” al filo del estreno, seis costureras de la cooperativa no paran de coser vistosos trajes egipcios que llevarán 230 cantantes líricos en escena.

Aída, la etíope cautiva; su padre el rey; un faraón y su hija; un apuesto capitán egipcio (que las dos jóvenes disputan) y sus guerreros; un sacerdote y un coro de sacerdotisas, son algunas de las más de 200 figuras que formarán parte del universo de personajes de ficción creados hace 139 años por Auguste Mariette, con música de Giuseppe Verdi, y que ahora vestirán las costureras de la cooperativa.

Junto a Alicia Blando (62), alma máter del proyecto, por estos días no paran de coser en el local recuperado de la ex fábrica de jabones Kopp otras cinco mujeres: Susana Bullón (42), Margarita Torres (48), Elizabeth Gómez (32), Graciela Galván (42) y Rebeca Alberto (32). Dos de ellas, sin experiencia previa.

Entre máquinas rectas y de coser botones, una rulotera, una remalladora, tablas de planchar, planchas para pegar entretela, enormes carretes de hilo, metros y metros de tela, ribetes, sogas, piedras, cintas y goma espuma, las seis mujeres se van repartiendo las tareas.

Hace unos días, mientras cosían, leyeron atentamente el argumento de “Aída”, la ópera que ellas mismas vestirán para que dentro de un mes ponga en cartel el teatro El Círculo.

Y ahora, ya más en clima, trabajan sobre las túnicas de las sacerdotisas egipcias en un brilloso raso de color natural con petos bordados en piedra que luce, como emblema de futuro, un solitario maniquí. El primero, porque les falta comprar varios más. Hasta tanto ocurra, para eso sobran las perchas.

Les falta seguir con los baberones (“los de mayor lucimiento”, dice Alicia) y otras prendas que, para que “brillen” y “bailen” en el escenario, serán hechas en “telas que se mueven” como sedas y gasas. Porque además, ya lo saben las chicas, los trajes se aprecian a distancia y por eso necesitan “verse mucho”.

Con las seis costureras colabora además María Fachinellio (23), una egresada de la carrera de diseño de indumentaria que explica que en una puesta de ópera “el vestuario escenográfico tiene que resaltar, realzarse con brillo para que las luces se reflejen en él, aumentar el tamaño de las piezas para acentuar los efectos”.

Por eso la colección incluirá vestidos con transparencias sobre mallas con bordados al cuello “tipo gargantilla”, trajes de guerreros con sus gorras y polainas hasta las rodillas, ropas “más artesanales, de tipo folk, para los etíopes”, y el espectacular vestuario de los cantantes principales, como Aída, su padre, la princesa y el faraón.

Las telas llevarán alforzas, bordados, pinturas, trenzados, que las modistas de la cooperativa ya empezaron a ejecutar a partir de dibujos y bocetos que el director artístico de la obra les va haciendo llegar desde Buenos Aires.

Llegar a tiempo. Por esas dos centenas de trajes (que la Opera conservará para otras puestas, obviamente sin tener que volver a pagar) la cooperativa recibirá “aproximadamente 35 mil pesos”. La expectativa es terminarlos antes de fin de mes para no tener que trabajar “al filo” del estreno de la obra y porque, como cualquiera que cose sabe, “las cosas no siempre salen bien”.

La idea es que, por el trabajo que realizan, cada integrante de la cooperativa se lleve a su casa no menos de 2 mil pesos “en blanco” por mes. Ese es un “piso”, aclara la presidenta de la entidad, porque la mayoría “tiene carga de familia y necesita sí o sí aportar al hogar”.

Por eso, aclara, que la cooperativa funcione no es una mera cuestión de principios ni una apuesta ideológica, sino pragmática: lo que busca es que la gente tenga laburo (ver aparte). Y es más: todos los insumos también deben respetar el “compre local”, para que “la plata se quede”.

“Siendo yo misma modista —afirma Alicia— jamás me dejé explotar ni exploté nunca a nadie. Cuando tuve que cerrar cerré y me fui a cuidar viejitos o chicos”. Toda una filosofía para 40 años de oficio en los que el “broche de oro”, dice, viene ser esta oportunidad única de confeccionar los trajes de la Opera. Lo que se dice un encargo poco usual.

Fuente | La Capital

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